
Si todo un pueblo se pintara de un solo color, la mayoría de los lugares perderían el encanto. Izamal es la excepción. La “Ciudad Amarilla” —así la llaman— debe su tono mostaza a una decisión municipal de los años 90, pero su historia se remonta al año 500 a.C., cuando los mayas la convirtieron en uno de los centros religiosos más importantes de la península.
El nombre significa “rocío del cielo” en maya. A una hora de Mérida, el pueblo condensa en tres manzanas una pirámide, un convento franciscano y un mercado que huele a cochinita desde las 7 de la mañana.
El convento sobre la pirámide
El Convento de San Antonio de Padua —siglo XVI— se construyó literalmente sobre una pirámide maya. Su atrio es uno de los más grandes de América, capaz de albergar a miles de fieles durante la fiesta de la Virgen de la Candelaria. El museo interior narra la historia completa: del esplendor maya a la evangelización franciscana. 
A dos cuadras, la Pirámide de Kinich Kakmó —dedicada al dios solar maya— permite subir a la cima y obtener una vista de 360 grados sobre el mar amarillo de techos. La Casa de los Halach Uinic (siglo XVII) completa el circuito colonial.
Comida y práctica
El Mercado Municipal es el lugar para comer: cochinita pibil, papadzules, sopa de lima. Los hoteles San Miguel Arcángel y Rinconada del Convento —ambos frente al atrio— ofrecen las mejores vistas.
Desde Mérida, el trayecto en auto o autobús toma una hora. La mejor época es de noviembre a marzo. 
Izamal es de esos lugares que no necesitan explicación: una foto de sus calles amarillas alcanza para querer ir. La pirámide, el convento y la cochinita hacen el resto.

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