En 1697, el misionero jesuita Juan María de Salvatierra desembarcó en una bahía de la península de Baja California y fundó la primera misión de las Californias: Nuestra Señora de Loreto. 327 años después, el pueblo conserva el nombre, la misión —restaurada, imponente— y un acceso privilegiado al Mar de Cortés, al que Jacques Cousteau llamó “el acuario del mundo”. 
El mar y la misión
El Parque Nacional Bahía de Loreto protege cinco islas y una porción de mar donde ballenas, delfines, tortugas y lobos marinos son avistamiento cotidiano. El snorkel y el buceo en sus aguas —de una claridad que rara vez baja de los 15 metros— son el plato fuerte. El kayak alrededor de las islas es la otra actividad reina: remar entre manglares y acantilados, con la Sierra de la Giganta como telón de fondo.
En tierra, la Misión de Nuestra Señora de Loreto —fachada barroca, atrio sombreado— y el Museo de las Misiones Jesuíticas cuentan la historia completa: cómo un puñado de jesuitas evangelizó una península entera desde este punto. 
Comida, hospedaje y temporada
Los mariscos mandan: camarón, langosta, atún fresco directo de la panga. Los tacos de pescado del malecón compiten con los restaurantes formales del centro. Hay de todo para dormir: desde resorts frente al mar hasta hostales en el pueblo.
La mejor época es de octubre a mayo. El verano es caluroso y húmedo, pero los precios bajan y las playas se vacían. El aeropuerto internacional recibe vuelos directos desde CDMX, Tijuana y varias ciudades de Estados Unidos; por carretera, la Transpeninsular conecta con La Paz y Los Cabos.
Loreto es lo que Cabo y La Paz fueron hace 30 años: un destino de mar donde todavía se escucha el silencio entre inmersión e inmersión. 

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