Maní es de esos pueblos cuyo nombre —corto, cuatro letras— esconde siglos de historia maya y uno de los episodios más dolorosos de la Conquista. Aquí, en 1562, Fray Diego de Landa ordenó la quema de decenas de códices mayas en un auto de fe que aún resuena en la memoria yucateca. Hoy, el mismo pueblo donde se perdió buena parte del conocimiento escrito maya es un destino que cautiva por su comida, su convento franciscano y sus cenotes. 
El Convento de San Miguel Arcángel
Construido a mediados del siglo XVI sobre una plataforma maya preexistente, el convento franciscano de San Miguel es el corazón arquitectónico del pueblo. Sus murales narran pasajes bíblicos y escenas de la vida colonial. La piedra caliza —rubia, porosa— absorbe la luz de las tardes yucatecas y le da al conjunto un tono dorado que ninguna foto captura del todo. 
Cenote y cocina
El Cenote Santa Bárbara —a las afueras— es un oasis de agua dulce entre la selva baja. Se puede nadar y explorar sus cavernas. Pero Maní es, sobre todo, un destino gastronómico. La cochinita pibil —cerdo marinado en achiote y cocido bajo tierra— alcanza aquí un nivel que los restaurantes de Mérida envidian. Los papadzules —tacos de huevo cocido bañados en salsa de pepita— y los panuchos completan la trilogía obligada.
En la práctica
Desde Mérida, el trayecto en auto o autobús toma unas dos horas. La mejor época va de noviembre a febrero. Un día completo alcanza para recorrer el convento, nadar en el cenote y comer como se debe. Lleva repelente y calzado cómodo: las calles empedradas y el calor húmedo no perdonan. 
Maní es mucho más que el pueblo donde Landa quemó los libros mayas. Es el lugar donde la cocina yucateca alcanza su expresión más pura y donde un convento del siglo XVI sigue vigilando el paso del tiempo.

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