

Festín del sabor apasionante
La gastronomía de Chiapas es un encuentro de dos mundos cocinándose juntos durante 500 años. Por un lado, los ingredientes prehispánicos: maíz, frijol, chile, cacao, chipilín. Por otro, los aportes españoles: cerdo, res, especias, técnicas de horneado. La cocina de Tuxtla —capital del estado— toma lo mejor de ambos y lo sirve sin pretensiones.
El cochito al horno es el rey de la mesa tuxtleca: cerdo adobado con achiote y especies, horneado por horas hasta que la carne se desprende del hueso. Se sirve los domingos en los mercados y en las fondas del centro. El chipilín —una hoja verde con sabor particular, entre espinaca y berro— se usa en caldos, sopas y tamales. Las empanadas de chipilín con queso son el antojito más honesto de la región: masa de maíz recién hecha, relleno generoso, comal caliente.
Lo que no te puedes saltar
- Chapulines: saltamontes fritos con ajo, limón y sal. Crocantes, proteicos, se comen como botana con cerveza.
- Tamales chiapanecos: envueltos en hoja de plátano, más grandes y húmedos que los del centro. Los de mole y los de chipilín mandan.
- Pozol: bebida de maíz y cacao, espesa y fría. La llevas en un vaso, la bates con agua y te acompaña toda la mañana.
- Posh: destilado artesanal de maíz, tradicional de Los Altos, similar en concepto al mezcal pero con perfil propio.
La cocina de Tuxtla es honesta: no intenta ser gourmet ni fusión. Son recetas que llevan siglos haciéndose igual y que, seguramente, seguirán igual cuando los influencers se hayan ido.

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